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Um texto de Milton Fornaro

Ainda as Correntes, como entes queridos a delirem-se devagar no ferro dos dias, na estranheza da ausência. Eis o belo texto aí lido pelo escritor uruguaio Milton Fornaro.

CADA PALABRA ES UN PEDAZO DE NOSOTROS MISMOS

“Dijo Dios: ‘Haya luz’, y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad, y llamó Dios a la luz ‘día’ y a la oscuridad la llamó ‘noche’.” Esto que acabo de leer está en el Génesis, el primer libro de la Torá hebrea, que es también el primer libro de la Biblia.
Allí hay un relato de cómo el Creador, Yhavé, Dios, hace el mundo. Como habrán advertido por lo que leí, que podría corroborarse más adelante si se continuara con la lectura, el Creador construye el universo de una manera muy singular: primero nombra y luego hace. La palabra entonces, ya desde aquel principio, se antepone a la acción, anticipa, nombra y define lo que luego hará. El creador no pinta, ni musicaliza, ni mezcla sustancias, ni esculpe: nombra y crea, nombra y crea. En ese comienzo recordado no hay física ni química, está primero la palabra y luego la magia.
Juan, en el Prólogo al Evangelio que se le atribuye, va más lejos reforzando el comienzo del Génesis. Escribe Juan: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe.”
No es ya solo que cada palabra es un pedazo de universo, como se ha denominado con acierto esta mesa redonda, sino que en la tradición judeo–cristiana, que tanto ha influido en esta parte del mundo, que tanto nos ha marcado aunque lo no sepamos o nos cueste reconocerlo, en la tradición judeo–cristiana, decía, la palabra es el principio, al partir del cual se construye el universo. Y eso está escrito en el libro que, desde aquella primera edición de Gutemberg, la Biblia de 42 líneas de mediados del siglo XVI, es el título que más ejemplares ha vendido en todo el mundo.
Aunque nos mos escépticos ante las enseñanzas religiosas de la Torá y de la Biblia, e incluso aún cuando reneguemos de la tradición judeo–cristiana, no podemos soslayar que lo señalado al comienzo está escrito, y no en cualquier libro. Como lectores, al menos debemos reconocer que ese libro tan divulgado, no sé si leído, viene encabezando la lista de los preferidos desde hace cuatrocientos años. No es poco. Como escritores no podemos ignorar que ese libro ha influido a muchos de nuestros colegas; cito solo a dos: Faulkner y Bashevis Singer. Finalmente, como productor de textos que luego terminan editados para ser vendidos, les confieso que me sentiría muy complacido, más les digo: fascinado, si pudiese cobrarme los derechos de autor por la Biblia.
Somos el animal del lenguaje, como se ha dicho. Pero no por ello, como advierte George Steiner, debemos presumir “que la matriz verbal sea la única donde concebir la articulación y la conducta del intelecto. Hay modalidades de la realidad intelectual y sensual que no se fundamentan en el lenguaje, sino en otras fuerzas comunicativas, como la imagen o la nota musical.” Bien, pero no por eso debemos entrar en el juego (verbal) de que una imagen vale más que mil palabras, o similares argucias repetidas por los publicitarios para vendernos una fotografía con tal de no sentarse a redactar, no digo mil, sino las palabras mínimas, las necesarias para redondear una frase con sujeto, verbo y predicado. No obstante las notaciones matemáticas que a partir del siglo XVII, con Newton y Leibniz, comienzan a hacerse más complejas e intraducibles, seguimos siendo el animal del lenguaje. Porque digo “hijo” y no tengo que explicar nada, o leo la palabra “libertad” en un muro y sé de qué se trata.

a palavra as palavras

as expostas

as fortes as sensíveis

as palavras vivas dos poetas

a aquecer o íntimo e possível quere
Y a renglón seguido, en este hermoso poema, Ivo Machado concluye:

as palavras

sempre as palavras
Siempre las palabras. Como si no hubiese otra posibilidad. Tal vez el silencio. ¿Pero qué es silencio? sino la ausencia de las palabras, la nostalgia por las palabras no dichas, no escritas o perdidas. Sí que el hombre puede callarse y pasarse años sin hablar, sin escribir. Sí que el hombre puede condenarse al silencio como los estilitas penitentes sentados en sus altas columnas, o aquellos otros monjes místicos del desierto. Sí que puede. Sin embargo el escritor no puede, el poeta no puede, porque están, estamos, condenados a las palabras.
En cada uno de nosotros, depositarios de esa responsabilidad de nombrar, reside el qué hacer con las palabras. Dijo un escritor uruguayo (Francisco Espínola): “en arte se hace lo que se puede, pero hay que proponerse lo que se debe”.
Salvador Puig, un poeta de mi país fallecido el año pasado, había elegido con sabiduría el título de un libro que publicó en 1980. Lo nombró Apalabrar. Apalabrar en idioma español significa textualmente “contratar

de palabra la compra o alquiler de una cosa”, y también es, comprometerse de palabra. En este último sentido es que Puig utiliza la expresión. Y rescato del olvido ese título porque para mí no existe la posibilidad de crear, de escribir, sin estar comprometido, al menos con el mundo que edifico a fuerza de palabras.
John Berger se pregunta: “¿En qué consiste el acto de narrar?” Y responde: “Me parece que es una permanente acción en la retaguardia contra la permanente victoria de la vulgaridad y de la estupidez. Los relatos son una declaración permanente de quien vive en un mundo sordo. Y esto no cambia. Siempre ha sido así. Pero hay otra cosa que no cambia –continúa Berger–, y es el hecho de que, de vez en cuando, ocurren milagros. Y nosotros conocemos los milagros gracias a los relatos.”
El moralista francés Joseph Joubert, quien vivió en el siglo XVII y que, como dato curioso, no publicó nada en su larga existencia, acuñó una frase que me resulta interesante traer a esta mesa. La misma dice: “Aquellos para quienes el mundo no basta: los poetas, los filósofos y todos los lectores de libros”. Hay dos aspectos de esta breve oración que me resultan relevantes, una de ellas señala que el mundo, la realidad, no satisface a algunas personas. La otra, incorporar a esa categoría de insatisfechos a los lectores de libros; a todos, como enfatiza Joubert, a quienes no vacila en colocar junto a los escritores y a los filósofos.
Me atrae la idea de que palabramos, o mejor dicho apalabramos, porque el mundo tal cual es no nos convence. Creamos otro mundo, otra realidad, que no es paralela a la tangible de todos los días. Las paralelas no se tocan, nos dijeron en la escuela. Y estos mundos, el llamado real y el otro, el que inventamos sumando palabras, en algún momento, quizá cuando ocurren esos milagros de los que hablaba Berger, en ese raro instante esos mundos convergen, se encuentran, pudiendo producirse un trasvasamiento, como si sus superficies fuesen permeables, o bien un choque de trenes enfrentándose a alta velocidad. Ante esta contingencia, que puede ocurrir con suavidad de vaselina o resultar violenta, es que tendríamos que revisar el alcance del término realidad, y, como aconseja Nabokov, escribirlo siempre entrecomillas. Colocar la palabra realidad entrecomillas creo que es la manera sensata, realista, de enmarcar una duda, o al menos una prevención. Porque ya no es don Quijote perdido en sus pensamientos recorriendo las planicies manchegas sino Sancho hacia el final, junto al lecho de su amigo, que de tan lúcido da lástima; es el escudero reclamando lo que le había sido dado y que la “mejoría” de su señor parece arrebatarle, escamotearle. Sancho, pide lo suyo, que no es la gobernación de la ínsula ni el poder que conlleva, sino, apenas, la posibilidad de soñar con otro mundo posible.
Las palabras, siempre las palabras. Ellas son las que nos permiten recuperar lo perdido. En una carta al poeta carioca Ronald de Carvalho, de febrero de 1915, Fernando Pessoa escribe: “Como nos habían sacado las cosas adonde poníamos nuestros sueños, nos pusimos a hablar de ellas para con ellas quedarnos otra vez.”

Las palabras, siempre las palabras. Pero qué vanas e inútiles las palabras si no son leídas por otro. La escritura es fugaz, instantánea, exige la insistencia de la mirada para perdurar. La escritura necesita de la solidaridad cómplice de la lectura. El lector complementa, ahonda, perfecciona, decanta la labor del escritor.

Aunque este es un tema que daría de por sí para una charla entera, no quería pasarlo por alto, y menos en una reunión de escritores. De esta manera, mencionando apenas este hecho que considero trascendental, deseo rendir homenaje a todos los lectores de libros.
Las palabras, siempre las palabras. Y ellas, hermosas, redondas, perfumadas y tentadoras como una fruta apetecible, son también sabias y me previenen de atracones, de indigestiones que pueden afectar a toda la audiencia; ellas me aconsejan que vaya buscando el punto final.
Sí, haré caso, pero antes voy a citar a Juan Carlos Onetti, procurando redondear así mi balbuceo. Dijo Onetti: “Siempre sobrevivirá en algún lugar de la Tierra un hombre distraído que dedique más horas al ensueño que al sueño o al trabajo, y que no tenga otro remedio, para no perecer como ser humano, que el de inventar y contar historias.
Muchas gracias.

Milton Fornaro

 

Cervantes, Gargantas e Pitos

Regressa-se da Póvoa e sentimo-nos mais pobres. Em casa, voltamos a ligar a televisão à hora dos telejornais, o mundo, como um aluvião de desgraças, invade-nos a sala e os ouvidos. Regressam, pela manhã, as filas de trânsito, as filas congestionadas de antanho, irresolúveis e eternas. Agora, cedo bem cedinho não encontramos à mesa do pequeno-almoço escritores a falar de livros, pessoas dispostas à conversa sobre a escrita e o mundo dos escritores. De volta a casa, torna-se o amador em coisa desasada, sem quem o ouça, quem consigo partilhe o gosto pelas páginas. O Manuel da Silva Ramos, antes de partir, confessava ter sérias dificuldades em explicar ao seu gato o que consigo se passara. E temia responsabilizá-lo por, regressado, não ter cama feita, comida na mesa e chófer à porta: «Gato, então o meu jantar?!» Faz parte da vida. Chegar e partir. Como dizia o poeta Mendes de Carvalho, «tudo tem o seu tempo de durar, tudo tem o seu tempo de partir». E nós partimos. Para uns poucos devagar, custa menos. E por isso ontem ainda fomos apanhar umas canas literárias destas Correntes 2010 ao Instituto Cervantes em Lisboa, onde decorreu a última mesa de debate deste ano (sim, Maria Flor Pedroso, foi aqui a última mesa). Comigo à mesa, Tânia Ganho (aqui sim, vertida a primeira por cortesia pós-moderadora), Ricardo Menendéz Salmón, Héctor Abad Faciolince e Germano de Almeida. Correu bem, muito bem, com estes «gourmets do recôndito» reconduzindo-nos pelas suas relações com o livro e com as histórias. Todos, de uma forma ou de outra, receituando caminhos de entendimento para o mote a debate: O Livro é Isto: (os dois pontos são da Manuela). Mesa, gourmet, oportunidade perfeita para vos deixar uma das belas intervenções havidas na Póvoa, a de Paulo Moreiras. Como verão, de fazer crescer água na boca.

“Duvido, portanto penso” – Correntes d’Escritas 2010

Póvoa de Varzim

Queria agradecer à Manuela Ribeiro, ao Francisco Guedes, ao Luís Diamantino, e a toda a equipa das Correntes d’Escritas por este convite e por nos tratarem tão bem.

Obrigado.

Mas tanto mel, sempre esconde algum fel, ou seja, os motes das mesas são autênticos abacaxis que custam a descascar. Já me tinham avisado

Quando recebi o mote para esta mesa, “Duvido, portanto penso”, um verso de Fernando Pessoa, percebi logo que não iria ser tarefa fácil desenvolver esta matéria. As dúvidas eram muitas e múltiplas as abordagens que poderia desenvolver.

Mas estava sem ideias.

Há cerca de quinze dias, quando estava a ler um artigo no Ípsilon, de Luís Francisco, sobre o Sexo na Literatura Portuguesa, e sobre o facto de saber se os escritores portugueses têm ou não jeito para escrever sobre sexo, fiquei a matutar sobre algumas das afirmações proferidas por alguns escritores da nossa praça. Fiquei com muitas dúvidas. O sexo é uma coisa que nos deixa sempre a pensar.

Ainda nessa edição, e algumas páginas à frente, acabei por ler também um artigo de Isabel Coutinho, sobre o escritor Juan José Millás, onde, a certa altura, o escritor diz, e passo a citar:

“Gosto muito de tudo aquilo que é capaz de provocar estranheza porque é um modo de encontrar o fantástico no quotidiano.”

Fim de citação.

Acrescentando, pouco depois:

“Achamos que no quotidiano não podem acontecer coisas fantásticas e a vida está cheia de coisas fantásticas. Digo mais: o fantástico acontece na vida quotidiana.”

Fim de citação.

À primeira vista parece que nada disto está relacionado com o tema desta mesa, “Duvido, portanto penso”, mas as dúvidas surgem sempre de onde menos se espera, assim como o fantástico.

Acontece que ao ler estas questões do sexo na literatura, lembrei-me de um conjunto de dúvidas que me assaltaram quando andei a desenvolver pesquisas para o meu recente romance, Os Dias de Saturno, sobre os últimos dias de Domingos Rodrigues, cozinheiro do rei D. Pedro II e autor do primeiro livro de cozinha publicado em Portugal, em 1680, chamado Arte de Cozinha, e necessitei de ler um vasto conjunto de livros sobre culinária e alguns receituários.

Uma das coisas que então notei, foram os termos ou expressões usados na arte culinária portuguesa, utilizados para nomear determinadas iguarias, onde se notava um forte pendor erótico, por vezes explícito, por vezes dissimulado, e questionava-me sobre o que queriam dizer na realidade. Esta era a minha dúvida e este era o fantástico que referiu Millás, e que podemos encontrar no quotidiano.

As palavras têm e provocam este fascínio. Já disso falam os escritores e os poetas. Nem sempre querem dizer o que realmente dizem, tal como referem os velhos adágios: nem tudo o que reluz é ouro ou nem todo o mato são óregãos.

Se me permitem, gostaria de fazer aqui um aparte:

Gosto muito de provérbios e eles são uma presença constante em tudo o que escrevo. Apesar de amar muito o meu pai, que morreu em 2002, e de quem tenho uma profunda e diária saudade, ele não falava muito. As suas lições de vida eram-me transmitidas por via dos provérbios:

Olha que pela boca morre o peixe;

Em boca fechada não entra mosca;

E eu ficava ali a olhar para ele e para aquelas suas frases enigmáticas, sem perceber patavina. Como estava cheio de dúvidas, portanto, pensava, e assim fui construindo a minha educação.

Mas voltando à vaca fria, se não o prato arrefece:

O que eu tinha notado, era que existiam na nossa doçaria tradicional, e de certa forma associada à dita “doçaria conventual”, um vasto conjunto de nomes, eufemísticos ou disfemísticos, para apelidar esses doces. E que por ali andava o sexo escondido, sob o manto diáfano da fantasia culinária.

Passo a explicar:

Naquele que é considerado o primeiro tratado de cozinha portuguesa, «Arte de Cozinha», de Domingos Rodrigues, editado em Lisboa em 1680, podem encontrar-se, por exemplo, duas referências: Pastelinhos de Boca de Dama e Torta de Línguas. Não é preciso muita imaginação para perceber que aqui se falam de beijos. Assim se entende que este é terreno fértil e imaginoso, propenso a eróticas ilações.

Mas outros exemplos abundam na nossa doçaria. Não longe desta temática andam os Papos de Anjo ou as Barrigas de Freira, que pela sua clausura dão azo à lasciva imaginação dos potenciais comedores e gulosos. Foram também encontradas referências a Freirinhas, Beijos de Freira e Garganta de Freira, este último, aproximando-se curiosamente ao título de um revolucionário filme para adultos nos anos setenta, o que nos deixa antever o grau de eroticidade com que então baptizavam as suas criações culinárias.

E que dizer também das Pombinhas de Alcorce do Convento da Conceição, em Elvas, sendo que o vocábulo Alcouce, é outro nome para designar um lupanar ou bordel, ou os Charutos de Amêndoa, ou as Fofas do Faial, nos Açores, ou ainda os Derriços, doce típico de Penacova, que, de acordo com os dicionários, se refere a impertinências ou chacotas, mas que também querem dizer, popularmente, as pessoas que se namoram.

Em relação aos homens, encontram-se também algumas divertidas referências eufemísticas aos testículos, como é o caso, por exemplo, das Orelhas-de-Abade, dos Fofinhos do Convento, das Bolas do Paraíso, ao pénis no Doce Serafim ou às nádegas nas Fatias do Conde, de Penacova, a que nos escusamos de acrescentar explicações mais detalhadas.

Mas aquele, que pelo seu nome, mais curiosidade despertou foi um doce conhecido por Pitos de Santa Luzia, referência disfemística, no nosso entender, ao sexo da mulher, uma vez que em meios rurais a vagina é apelidada de forma curiosa por “pito”. Ou ainda um outro, as Rolhas de Maio, bolinhos de amêndoa, que no Algarve se costumam confeccionar no 1.º de Maio.

E estes são apenas alguns poucos exemplos de um vasto rol de doces que existem em Portugal, com uma forte carga erótica associada, e que seria curioso esmiuçar.

Se no princípio tive dúvidas sobre a origem destes nomes, aos poucos fui percebendo esta tendência inata na nossa lusitana forma de ser, em que gostamos de dizer as coisas, sem, muitas das vezes, as nomearmos em concreto. A Língua Portuguesa, é costume dizer-se, é muito traiçoeira, permite muitas leituras.

Antes de terminar, resta-me pedir desculpas por este exercício, talvez não respeitando o mote a que estava sujeito, mas não consegui deixar de pensar sobre as dúvidas que tais leituras me provocaram, pois a cozinha nunca esteve muito longe da cama.